Kafka en Riva

El 4 de septiembre de 1909 Franz Kafka y Max Brod salen de Praga y emprenden su primer viaje veraniego juntos; los acompaña Otto, el hermano de Max. En aquella época, recordará Brod años más tarde, “todavía nos iba muy bien a los tres”. El viaje los conduce a Riva, un pueblo del norte de Italia, cerca de la frontera con Suiza, ubicado en el extremo noroeste del lago Garda, famoso por sus aguas termales; aunque habitado por ocho mil italianos, Riva pertenece por entonces a Austria. Durante su estancia, los tres amigos viven horas contemplativas en un balneario llamado Bagni della Madonnina, descrito por Brod como un “inolvidable y modesto establecimiento bajo los escarpados muros de la roca”. La estancia se interrumpe cuando el trío se entera de que a unos kilómetros de Riva, en Brescia, se efectuará la primera demostración aérea; fruto de esta experiencia es “Los aeroplanos en Brescia”, un artículo que rompe el silencio escritural de Kafka —“Hacía meses que no llevaba nada a cabo”, comenta Brod— y que aparecerá a fines de septiembre en la revista Bohemia. En el trayecto de regreso los amigos quieren pernoctar en Desenzano, en la ribera sur del lago Garda, pero son “arrojados a la calle por las chinches que acechan bajo cientos de estampas de santos”. Con esta imagen de expulsión, de exilio del orden cotidiano —una imagen en la que se funden, curiosamente, dos presencias que atraviesan la obra kafkiana: los insectos y la religión—, concluye el primer viaje del autor de La metamorfosis a Riva, “delicioso y sublime a la vez” en palabras de Max Brod.
Cuatro años después, el 21 de septiembre de 1913, Kafka vuelve —escapa, puntualiza Brod— a Riva. Llega ahí solo, en calidad de secretario delegado del Instituto de Seguros y Accidentes Laborales del Reino de Bohemia, cargo que ocupa desde julio de 1908, luego de visitar varias ciudades que evidencian su angustia existencial in crescendo: Viena, donde es obligado a participar en un congreso de primeros auxilios e higiene y donde convive con Franz Grillparzer, uno de sus escritores favoritos, un anciano de ambigua conducta cuyo monumento domina hoy día el Volksgarten; Trieste, donde sufre una alucinación angélica; Venecia, donde su abatimiento es acentuado por una lluvia implacable; Verona, donde acaba por refugiarse en un cine para ver una misteriosa película que lo hace estallar en llanto* (“Me ha sido dado gozar de las relaciones humanas pero no vivirlas”, dice en una carta a Felice Bauer al cabo de esta experiencia); Desenzano, el pueblo de las chinches y las estampas sagradas, donde en lugar de atender a los obreros que lo esperan decide pasar unas “horas contemplativas” a orillas del lago Garda. La última escala de esta odisea dolorosa, regida en todo momento por la sombra de Felice —Kafka ha pedido su mano a mediados de agosto pese a las emociones contradictorias que lo abruman—, es Riva, donde el praguense se somete a una hidroterapia de tres semanas en la clínica del doctor Von Hartungen. La segunda estancia kafkiana en este poblado otrora “delicioso y sublime”, vuelto ya una especie de santuario para depresivos, es resumida así por Max Brod:
“En septiembre de 1913 [Franz] escapa a Riva. Meses [sic] de sanatorio. ‘El imaginarme un viaje de bodas me espanta’, me escribe. Vive el raro episodio con la suiza. Ella queda en el anonimato. ‘Todo se resiste a ser anotado. Si realmente supiera que es mandamiento suyo el que no diga nada sobre ella (lo he cumplido rigurosamente y sin esfuerzos), estaría satisfecho.’ Y más tarde las palabras: ‘Demasiado tarde. La dulzura del duelo y del amor. Sentir que ella le sonríe a uno en el bote. Eso era lo más hermoso. Siempre el ansia de morir y el contenerse todavía; sólo eso es amor.’”
Fruto de este trance es “El cazador Graco”, una de las cumbres de la narrativa de Kafka. El relato alegórico del cazador fallecido mil quinientos años atrás en una cañada de la Selva Negra, condenado a vagar por toda la eternidad a bordo de una barca o bote sin rumbo ni Caronte, arranca y termina en Riva, un Riva transformado por la magia de la literatura en una necrópolis que Italo Calvino podría haber incluido en su catálogo de ciudades invisibles. Al igual que el Riva retratado por Brod, el Riva kafkiano es sublime: hay una barca de la que desciende una camilla en la que reposa Graco, el muerto viviente dispuesto a referir su periplo a quien desee escucharlo; hay decenas de palomas, una de las cuales anuncia la llegada de Graco al oído de Salvatore, el alcalde de nombre simbólico; hay cincuenta niños alineados en el corredor principal de la casa a la que Salvatore, luciendo sombrero de copa y listón de luto y con la mano derecha enguantada de negro, acude para conocer la saga antiheroica de Graco. Hay la mano de Graco en la rodilla de Salvatore líneas antes de que la frase final del cuento condense con eco fúnebre la historia del hombre: “Mi barca está sin timón, navega con el viento que sopla en las regiones más bajas de la muerte.”
Guy Davenport y W. G. Sebald han subido a la nave de Graco en pos de la génesis y las probables interpretaciones del relato; ambos han regresado a tierra con linternas que arrojan distintos haces sobre la penumbra kafkiana. En uno de esos ensayos eruditos a los que nos tiene acostumbrados, Davenport emprende una lectura tanto literaria como histórica y pictórica de “El cazador…”: relaciona la barca con el Pequod melvilleano y saca a colación el principio de Armadale, la novela de Wilkie Collins; habla lo mismo de mitología que de nazismo y, para hacer hincapié en el filón visionario de Kafka, nos recuerda que “los agentes de la SS usaban guantes negros” al igual que el alcalde Salvatore; se pasea por los parajes metafísicos de Giorgio de Chirico y cita a Arnold Böcklin, cuyo cuadro La isla de los muertos representa “una escena que tiene lugar cerca del lago de Riva”. Sebald, por su lado, busca el trasfondo anímico, psicológico, diríase humano, del texto: evoca las cenas vienesas con Grillparzer, el viejo escritor, que en una ocasión apoya una mano en la rodilla de Kafka, un contacto perturbador que se desdoblará en el clímax del relato (“Cómo evitar —apunta Sebald— el destino de ser incapaces de abandonar esta vida si yacemos frente al alcalde, confinados a un lecho de enfermo, y si, como el cazador Graco, tocamos, en un momento de distracción, la rodilla del hombre que podría ser nuestro salvador [Salvatore]”); nos revela el “raro episodio con la suiza” al que alude Max Brod, bosquejando con pinceladas friedrichianas a la mujer anónima con la que Kafka sostiene un tortuoso romance durante su estancia en la clínica de hidroterapia en Riva; dibuja al general retirado Ludwig von Koch, lector de Stendhal y paciente de la misma clínica, que se suicida disparándose en el corazón y la cabeza y que bien podría haber inspirado el personaje de Graco o Salvatore (o ambos, o ninguno). Davenport descubre en el relato “el sentido enigmático de que los muertos, habiendo vivido y actuado, están vivos”; Sebald afirma que “el significado del eterno periplo del cazador Graco estriba en una penitencia por la añoranza de amor” e imagina la despedida de la suiza a bordo de un navío que se aleja despacio, una afirmación y una imagen que nos remiten a las palabras del propio Kafka: “Demasiado tarde. La dulzura del duelo y del amor. Sentir que ella le sonríe a uno en el bote.” Davenport llama a Kafka por su nombre; Sebald toma distancia y lo reduce a una inicial, quizá la más emblemática del siglo XX, antecedida por un título profesional: Doctor K (Kafka se doctoró en Derecho en 1906). Davenport cita una entrada del diario kafkiano del 6 de abril de 1917, donde hallamos la descripción de una barca decrépita que “viene cada dos o tres años […] y pertenece al cazador Graco”; Sebald aventura que la embarcación en la que parte la anónima amante suiza de Kafka en el otoño de 1913 vuelve convertida en barca literaria tres años después, en 1916, es decir meses antes de lo que establece Davenport. En este dato Sebald coincide con el biógrafo Klaus Wagenbach, quien refiere que, entre el verano de 1916 y el otoño de 1917, Kafka y su hermana Ottla rentan una casa en el barrio medieval de Praga, en el número 22 de Alchimistengasse: “A partir de noviembre de 1916 —dice Wagenbach—, surgieron en esa casa muchos de los textos más bellos de Kafka: ‘Un médico rural’, ‘En la galería’, ‘El cazador Graco’, ‘Informe para una academia’, ‘Preocupaciones del padre de familia’, ‘Un mensaje imperial’.” Y, sin embargo, hay una edición de las Obras completas de Kafka donde se indica que “El cazador Graco” se encontró en un cuaderno en octava fechado en 1919. Así pues, ¿quién tiene la razón?
Aunque, viéndolo bien, ¿a quién le importan las fechas cuando se trata de una pequeña obra maestra? Importa, eso sí, que Franz Kafka la haya escrito, en las circunstancias que sean. Importa que la nave de Graco llegue una y otra vez a tierra, que su mano se pose en la rodilla del alcalde hasta el fin de los tiempos. Importa que dos lejanos septiembres, el de 1909 y el de 1913, hayan contribuido a crear una geografía indeleble. Importa que Riva, esa ciudad invisible donde los muertos y los melancólicos —o mejor, los muertos melancólicos— pueden tener una segunda oportunidad, continúe existiendo para beneficio de las palomas y los cincuenta niños que permanecerán alineados en un corredor a la espera de un lector atento.
*En su valioso libro Kafka va al cine (1996), Hanns Zischler anota tres posibilidades para esa misteriosa película: La lección del abismo, El famoso bandido Garouge y Pobres niños. Las tres cintas se proyectaban en Verona el 20 de septiembre de 1913, cuando Kafka estuvo en la ciudad.
[Texto incluido en mi libro Paseos sin rumbo. Diálogos entre cine y literatura, Fórcola, Madrid, 2010]
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